Durante el primer año de vida, el crecimiento de los niños es muy rápido. Alrededor de los 12 meses ese ritmo comienza a desacelerarse y, en consecuencia, el apetito puede volverse más variable. Muchas familias observan que su hijo come menos que antes, rechaza alimentos que aceptaba o muestra preferencia por sabores, colores o texturas determinadas.
Este comportamiento suele llamarse selectividad alimentaria y, en la mayoría de los casos, forma parte del desarrollo normal. A esta edad también aumenta la autonomía: el niño quiere explorar, tocar, elegir y participar. La comida se transforma no solo en un momento de alimentación, sino también de aprendizaje sensorial y social.
Durante los dos primeros años de vida, los niños atraviesan una transición alimentaria crítica, desde la lactancia hacia una dieta familiar. Este proceso ocurre en un contexto de aprendizaje en el que las prácticas parentales determinan qué, cómo y cuándo se ofrecen los alimentos. La lactancia exclusiva hasta los 6 meses, además de sus beneficios nutricionales, puede favorecer la aceptación de alimentos posteriores al exponer al lactante a distintos sabores presentes en la leche materna, lo que se ha denominado “puente de sabor”.