La alimentación ocupa un lugar central en los primeros meses de vida. Pero lejos de ser un momento exclusivamente biológico, también es un espacio donde comienzan a construirse las primeras experiencias de encuentro.
Desde ahí, se vuelve necesario ampliar la mirada: comprender cómo se construye ese vínculo en el inicio, cuál es el rol del padre y qué sucede con la incorporación de la mamadera dentro de las distintas formas de alimentar.
¿Cómo se construye el vínculo?
Cuando nace, el bebé comienza a organizar su experiencia del mundo a partir de las interacciones con quienes lo rodean. Este proceso, conocido como apego, es el vínculo emocional que el bebé construye con quienes lo cuidan, y que le brinda seguridad para desarrollarse y garantizar su supervivencia. Es una necesidad biológica y evolutiva del ser humano que se va construyendo de manera progresiva. En general, este vínculo temprano suele establecerse con quien ocupa el rol de cuidador principal, que muchas veces es la madre, su base segura.
No depende de un momento puntual, sino de la repetición de experiencias en las que el adulto responde a sus necesidades.
Desde el inicio, el bebé se comunica a través de señales como el llanto, los gestos y los movimientos, que favorecen la cercanía con el adulto. Estas señales no son azarosas: buscan generar proximidad y asegurar el cuidado. No es sólo presencia, sino la calidad de interacción emocional: el contacto, la mirada, la voz y la disponibilidad.
El rol del padre en la alimentación y el vínculo
El desarrollo emocional del bebé no se construye con una única persona, sino que se apoya en una red más amplia, y el padre también cumple un rol fundamental en
este proceso. A través del contacto, del sostén, de la mirada y de la respuesta a las necesidades del bebé, participa activamente en la construcción del vínculo.
En este contexto, la alimentación puede convertirse en una oportunidad concreta de participación, ya que no es solo un momento en el que el bebé recibe alimento, sino una escena de contacto, intercambio y de conexión.
Cuando la alimentación es al pecho materno, el padre puede estar presente acompañando, sosteniendo o brindando contención. Y en aquellas familias que incorporan mamadera dentro de una alimentación mixta, este momento también puede habilitar una participación más activa. Pero más allá de quién ofrece el alimento, lo que construye ese vínculo es la forma en que ese momento se transita.
Además de la alimentación, este lazo también se construye en otros espacios del cuidado cotidiano. Cada experiencia suma y la posibilidad de contar con más de un adulto disponible no solo amplía las experiencias vinculares, sino que también aporta mayor estabilidad y continuidad en el cuidado.
¿Qué sucede con la incorporación de la mamadera?
La Organización Mundial de la Salud promueve la lactancia materna exclusiva en los primeros 6 meses de vida y su continuidad con alimentación complementaria hasta los 2 años o más.
Sin embargo, en la práctica cotidiana, muchas familias transitan una alimentación mixta, combinando lactancia materna con fórmula infantil, por distintos motivos. Y el acompañamiento resulta fundamental para que la incorporación de otros métodos de alimentación se realice respetando el vínculo, el ritmo del bebé y favoreciendo, siempre que sea posible, la continuidad de la lactancia.
En este escenario, suele instalarse la idea de que la incorporación de la mamadera desplaza la lactancia materna de forma inevitable. Sin embargo, esto representa una simplificación de un proceso mucho más complejo.
Esto se debe a que la lactancia no depende de un único factor, sino de múltiples variables: la frecuencia de estimulación, la técnica, el estado emocional, el acompañamiento y el contexto familiar. Si bien la succión del pecho y la tetina son diferentes, pudiendo generar la llamada ¨confusión pezón-tetina¨, más que la elección del método de alimentación, lo que influye es cómo se implementa.
Existen estrategias para ofrecer la mamadera que buscan respetar la fisiología del bebé y la dinámica de la lactancia, como el método Kassing o la alimentación a ritmo controlado, que promueven un flujo más regulado, incorporan pausas durante la toma y favorecen una participación activa del bebé, evitando una alimentación
pasiva. Para ello, se recomienda utilizar tetinas de flujo lento, sostener al bebé en una posición más vertical y mantener la mamadera en una posición más horizontal, de modo que la leche no fluya por gravedad y el bebé pueda autorregular la succión.
Cuando se cuidan estos aspectos, en algunos casos, es posible sostener una alimentación mixta sin que la mamadera desplace necesariamente la lactancia.